Por Eneko Astigarraga*
El uso de la bicicleta ha crecido exponencialmente en nuestro entorno
y Pamplona no es una excepción. Cada día hay más bicicletas circulando
por esta ciudad, por esta Comarca. Es un hecho constatable a simple
vista. Sin embargo, sigue llamando la atención de propios y extraños por
qué una ciudad de las dimensiones de Pamplona no cuenta con muchas más
personas adeptas a la bicicleta como modo de desplazamiento.
¿Por qué en Pamplona no hay tantas bicis como en Vitoria, en Zaragoza
o en Sevilla si tiene en proporción más carriles bici que ellas? Hay
diversos factores que hacen que el uso de la bicicleta no sea tan
masivo en nuestra ciudad más allá de la pura construcción de carriles
específicos, pero, fundamentalmente son dos los que disuaden más a la
gente a la hora de elegir la bicicleta como medio de desplazamiento
urbano.
Por un lado, está el dominio asfixiante que sigue teniendo el automóvil en la configuración del tráfico de esta ciudad.
Un dominio fomentado y promocionado por un Ayuntamiento que nunca ha
querido renunciar a que Pamplona fuera una ciudad automovilística y así
la ha presentado a sus ciudadanos y visitantes. Una ciudad que se puede
cruzar en coche en apenas 10 minutos y que está sembrada de
aparcamientos ha condenado sus principales accesos y sus principales
ejes al coche prácticamente en exclusiva. Son muchos los intereses en
mantener este estado de cosas, porque hay una creencia que los sustenta
que es la de que el uso del coche es el garante del desarrollo y la
señal inequívoca del progreso y de la salud económica de una ciudad.
Pero hay otro factor que, asociado al dominio de la calle por parte del
coche, hace que la bicicleta no haya cuajado más entre los vecinos y
vecinas de la Comarca de Pamplona que es el tratamiento que se le ha dado a los embudos circulatorios que tiene esta ciudad.
Embudos que son especialmente problemáticos en los accesos en cuesta al
centro de la ciudad y donde los ciclistas se ven doblemente
desprotegidos, no ya sólo por su fragilidad connatural sino por la falta
de resguardo ante semejante diferencial de velocidades. Subir una
cuesta de acceso a Pamplona montado en bici es un reto, no tanto por la
dificultad física sino por la incomodidad fabulosa que representa. Por
eso los ascensores de esta ciudad son tan utilizados por los ciclistas,
no solamente porque sean una partida de vagos.
Esos embudos también se producen en los pasos de los ríos y el
ferrocarril sobre todo en el Norte y en los accesos al centro desde el
Sur por la burbuja que supone la Ciudadela y los efectos colaterales que
provoca en sus márgenes (Yanguas y Miranda y Navas de Tolosa,
fundamentalmente), donde la preponderancia del tráfico motorizado se
hace más evidente.
Recientemente se ha aprobado una actuación que puede
representar un punto de inflexión en el tratamiento de los accesos a
esta ciudad amurallada: la redistribución del espacio en la Cuesta de
San Lorenzo, con la ampliación de la acera y la habilitación de un
carril bici a costa de restar un carril de la calzada. Aunque parece
insuficiente y si se hiciera de manera ambiciosa y con un
replanteamiento serio del tráfico se deberían eliminar dos carriles
dejando uno en cada sentido, puede demostrar que, con un tratamiento
diferente, no sólo los ciclistas y los peatones respirarán aliviados a
la hora de acceder al centro, sino que toda la ciudad cogería oxígeno si
este tipo de actuaciones se hicieran extensibles a otras cuestas y
otros accesos que siguen estrangulando la circulación, favoreciendo el
uso del coche y disuadiendo de realizar los desplazamientos a pie o en
bici.
Esto pasa, por supuesto, por desmontar algunas de las autopistas urbanas de
Pamplona: la Cuesta del Labrit, la de Beloso, la de San Jorge, la
Avenida de Bayona, la de Zaragoza, la de Pío XII, la de la Baja Navarra y
por supuesto la del Ejército que diseccionan la ciudad y forman
barreras tan formidables o más que las propias murallas y ríos. Y pasa
también por desincentivar el uso del coche y la expectativa de aparcamiento en superficie que es lo que más tráfico induce. Pero
para eso hay que estar convencidos de que una ciudad no se despotencia
por ello y no renuncia a su bienestar sino más bien al contrario y me
temo que este Ayuntamiento, como muchos otros en esta Comarca, no acaban
de creérselo.
Hasta entonces la bicicleta en esta ciudad estará reservada
sólo para unos cuantos aguerridos y para unos cuantos más que invadirán
sistemáticamente las aceras molestando a los peatones en defensa
propia. Eso sin contar con los problemas asociados al aparcamiento y
robo de bicicletas, que es otra de las componentes que afectan
negativamente al uso de la bici, pero que merecería otro artículo
diferente.
* http://www.noticiasdenavarra.com/
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